Durante la primera mitad del siglo XIX, Estados Unidos de América se sumergió en una etapa de grandes transformaciones, dejando atrás su pasado rural para convertirse rápidamente en una nación urbana y cada vez más industrializada. El país vivía un proceso de expansión territorial, consolidación de su identidad nacional, acompañado por avances científicos, tecnológicos y el crecimiento de las ciudades, los periódicos y las revistas. Sin embargo, también existían fuertes tensiones políticas y sociales relacionadas con la esclavitud, la desigualdad y el enfrentamiento entre distintas regiones, especialmente entre los estados esclavistas y los estados libres, conflictos que más tarde desembocarían en la Guerra Civil.
En el ámbito literario, Estados Unidos buscaba construir una voz cultural propia mientras el Romanticismo dominaba las artes. Edgard Allan Poe formó parte del Romanticismo estadounidense, especialmente de su vertiente oscura o gótica, influida por la literatura europea. Frente al optimismo de la razón y del progreso, sus cuentos y poemas exploraron la muerte, la locura, la culpa, el misterio, el miedo y la soledad, temas vinculados con las inseguridades de una sociedad en rápida modernización. Con Poe nació una literatura inquietante y profundamente moderna, que convirtió el terror psicológico en materia narrativa y que además abrió el camino al relato policial. Edgard Allan Poe no solo escribió sobre las sombras, sino que hizo de ellas una forma de explorar las emociones humanas.
El escarabajo de oro fue publicado por primera vez en junio de 1843 en el Philadelphia Dollar Newspaper.
La trama narrativa transcurre en el siglo XVIII, en la isla de Sullivan, Carolina del Sur. El narrador relata un suceso de la amistad que entabló con William Legrand (un hombre solitario), quien vivía en la isla con un ya liberado sirviente llamado Júpiter. Legrand encuentra una especie desconocida de escarabajo; por su color, dorado brillante con manchas negras, y sobre todo por su peso, parece como si estuviera hecho de oro. El mismo día del hallazgo recibe la visita de un amigo (esto es el narrador), a quien da cuenta de su descubrimiento y le dibuja la forma del insecto. El amigo ve en el dibujo una curiosa semejanza con una calavera, y Legrand, atónito por la diferencia entre lo que se había propuesto dibujar y el extraño resultado, comienza a reflexionar. A partir de este instante, el comportamiento de Legrand se vuelve hasta tal punto extraño que incluso el fiel Júpiter llega a creer que está loco.
Un mes después de este incidente, el amigo recibe una nota de Legrand convocándole urgentemente. Al llegar junto a Legrand se entera de que ha organizado una misteriosa expedición y, no queriendo contrariarle en sus caprichos, acepta participar en ella. Los tres hombres y un perro, guiados por Legrand, recorren la isla hasta llegar al pie de un gigantesco tulípero y unos 8 o 10 robles. Siguiendo las instrucciones de su señor, Júpiter trepa a la copa del gran árbol y encuentra en ella una calavera en una de las ramas más altas. A partir de un punto determinado por la caída del pesado escarabajo a través del ojo izquierdo de la calavera, Legrand descubre, trazando una recta entre el árbol y dicho punto y prolongándola cincuenta pies, el emplazamiento de un fabuloso tesoro, enterrado en otro tiempo por un pirata perseguido. Legrand les cuenta cómo logró resolver el mensaje oculto que guardaba el escarabajo.
Los crímenes de la calle Morgue fue publicado en 1841 en Graham’s Magazine de Filadelfia.
Los vecinos habían escuchado gritos durante la madrugada y, al entrar en la vivienda, encontraron una escena estremecedora. El cuarto estaba completamente desordenado y las dos mujeres que vivían allí, madame L’Espanaye y su hija Camille, habían sido asesinadas con una violencia extraordinaria. La hija apareció estrangulada dentro de la chimenea y la madre, con el cuello degollado, en el patio. Lo más extraño era que no parecía tratarse de un robo: había dinero y objetos de valor que permanecían intactos. La policía detiene a Adolphe Le Bon, pero Dupin no está convencido de su culpabilidad. Después de conseguir permiso para investigar, comienza a examinar la escena y las declaraciones de los testigos. Todos coinciden en haber escuchado una voz francesa, pero nadie consigue identificar el idioma de la otra voz. Además, las puertas estaban cerradas desde dentro y parecía imposible que el asesino hubiera podido escapar.
Dupin observa entonces algo que la policía había pasado por alto: una de las ventanas podía abrirse mediante un mecanismo aparentemente imposible. Aquella ventana era la clave. Por allí habían entrado y escapado los responsables. Pero quedaba la pregunta fundamental: ¿quién podía haber cometido un crimen de semejante brutalidad? La fuerza necesaria para producir aquellas heridas parecía estar más allá de las capacidades humanas. Dupin llega entonces a una conclusión tan sorprendente como inquietante: el asesino no era un hombre, sino un animal.
Poco después, el misterio comienza a aclararse. Un periódico anuncia que ha sido capturado un orangután que se había escapado de su dueño. El propietario resulta ser un marinero que, casualmente, llega hasta la casa de Dupin buscando al animal. El marinero termina confesando lo ocurrido. El orangután se había escapado y, al encontrarlo en las calles de París, lo había seguido hasta la vivienda de las víctimas. Allí, el animal atacó violentamente a las dos mujeres, reproduciendo con una fuerza descontrolada aquello que los testigos habían descrito como una voz incomprensible. El misterio de la calle Morgue queda finalmente resuelto y Adolphe Le Bon es puesto en libertad. Una vez más, Dupin demuestra que, frente a un enigma aparentemente imposible, observar aquello que los demás pasan por alto puede ser la diferencia entre la confusión y la verdad.
El gato negro fue publicado en 1843 en el periódico Saturday Evening Post de Filadelfia.
El cuento adopta la confesión de un hombre condenado a muerte que reconstruye la transformación de su carácter, desde una infancia marcada por el afecto hacia los animales hasta una violencia creciente contra quienes lo rodean. Entre ambos extremos, Poe sitúa el alcohol y una idea que el propio narrador llama «perversidad», entendida como el impulso de realizar una acción precisamente porque se sabe que no debería realizarse, de modo que la explicación del crimen queda sometida desde el comienzo a una voz interesada en encontrar causas que atenúen su responsabilidad. Un hombre preso y condenado a muerte, decide contar lo sucedido desde su perspectiva. Así, relata cómo desde la infancia sentía una afinidad especial con los animales, por lo que de adulto tenía muchas mascotas: pájaros, peces, un perro, conejos, un mono y un gato.
Su gato, llamado Plutón, era su favorito y pasaban todo el tiempo juntos. Sin embargo, con los años el carácter del protagonista sin nombre fue empeorando, debido al consumo de alcohol, por lo que se convirtió en un ser mezquino y agresivo. Un día, de regreso de una de sus salidas de excesos, se encontró con el gato y lo atacó, arrancándole un ojo. Aunque el animal se recuperó, quedó con ese espacio vacío y jamás volvió a acercarse a su dueño. Esta actitud enfureció aún más al hombre, y llevado por su perversidad, lo colgó de un árbol.
Esa misma noche su casa se incendió, y sólo sobrevivió una pared en la que se podía ver marcada la figura de Plutón colgado. Tras este incidente se sintió muy arrepentido hasta que una noche se encontró con un gato igual al que había perdido. Decidió llevarlo a casa y a la mañana siguiente notó que era tuerto y que tenía una mancha blanca en el pecho, que con los días reconoció como la imagen de un patíbulo. Aquellas señales comenzaron a enloquecerlo, el gato lo perseguía a todos lados y perdió la capacidad de dormir y descansar. Un día, agobiado por su temperamento, quiso atacar al gato, pero su esposa se interpuso y la mató con un hacha. Sin arrepentimiento, se encargó de deshacerse del cuerpo. Encontró la solución perfecta: ocultar el cuerpo en el sótano y luego levantar una pared.
La máscara de la muerte roja fue publicado en 1842 en Graham’s Magazine de Filadelfia.
La historia se sitúa en un reino asolado por una plaga mortal conocida como la «Muerte Roja». La enfermedad, que deja manchas escarlatas en los cuerpos de sus víctimas, se propaga rápidamente y causa la muerte en cuestión de minutos. Aunque la situación es crítica, Próspero, el príncipe del reino decide ignorar la calamidad. Tras reunir a mil de sus cortesanos más sanos y alegres, se retira a una abadía fortificada, una construcción de su propio diseño, rodeada por una alta muralla con puertas de hierro que, una vez cerradas y selladas, impedirían cualquier tipo de entrada o salida. Su intención es dejar fuera la enfermedad, mientras que dentro, en un mundo apartado de la miseria exterior, la vida se convierte en una celebración ininterrumpida. Con abundantes provisiones y entretenimiento sin fin, los encerrados desafían la plaga con fiestas, música y espectáculos, convencidos de que han burlado al destino.
Tras varios meses de encierro, Próspero organiza un fastuoso baile de máscaras en una serie de siete habitaciones dispuestas de manera peculiar. Cada estancia está decorada con un color dominante y una luz que refuerza su atmósfera: azul, púrpura, verde, naranja, blanco y violeta. La última, la séptima, es diferente a todas las demás. Sus paredes y tapices son negros, pero las ventanas tienen un cristal rojo sangre que, al estar iluminado por braseros en los pasillos, proyecta un resplandor siniestro en la estancia. En esta habitación también hay un enorme reloj de ébano cuyo sonido, profundo y lúgubre, interrumpe a cada hora la música y la alegría del baile. Cada vez que suena, los invitados se detienen por un instante, inquietos, y luego reanudan la festividad con risas nerviosas. A medida que la noche avanza y la celebración alcanza su punto culminante, los invitados comienzan a notar la presencia de alguien inesperado en la fiesta. Entre los extravagantes disfraces, hay uno que provoca horror y desagrado general. Se trata de una figura alta y envuelta en harapos fúnebres, con una máscara que imita el rostro de un cadáver y ropas manchadas de sangre, semejando a una víctima de la Muerte Roja. La osadía del disfraz enfurece a Próspero, quien, indignado por lo que considera una burla blasfema, ordena que capturen al intruso y lo despojen de la máscara. Sin embargo, nadie se atreve a acercársele. La figura avanza lentamente a través de las habitaciones, moviéndose con solemnidad, mientras los invitados, aterrados, se apartan de su camino. Con creciente furia, Próspero toma una daga y persigue al enmascarado hasta la última habitación, una estancia oscura y amenazante. Justo cuando está a punto de alcanzarlo, la figura se vuelve hacia él y, en ese instante, el príncipe suelta un grito y cae muerto al suelo.
Los invitados, llenos de pánico y desesperación, se precipitan sobre la figura para apresarla, pero al tocar sus ropajes, descubren con horror que no hay nada debajo. El disfraz está vacío. En ese momento, comprenden que la Muerte Roja ha estado con ellos y caen uno a uno al suelo, víctimas de la plaga que creían haber dejado atrás. El reloj de ébano deja de sonar, las llamas de los braseros se apagan y la oscuridad se adueña del castillo. La Muerte Roja, implacable e inevitable, reina sobre todos los que intentaron escapar de su destino.
La narración de Arthur Gordon Pym, aparecida, primero por entregas y posteriormente en formato libro, en 1838.
Impresionado por los relatos de August y sintiéndose atraído a la vida marinera por la aspectos aventureros y terribles, que fascinan la imaginación profunda y ardiente del protagonista, Arthur Gordon Pym decide embarcarse a escondidas en la ballenera Grampus, capitaneada por el padre de su amigo. El propio August esconde a Arthur con algunas provisiones en la estiba, prometiéndole que en cuanto se hallen fuera del puerto vendrá a liberarlo. Pero ocurre que, apenas llegada la nave a alta mar, estalla una rebelión a bordo y los amotinados, tras asesinar a buen número de marineros, abandonan a los demás (entre los que se halla el capitán) en una chalupa. Entretanto, Arthur Gordon Pym logra sobrevivir en la nave gracias a la protección de un contramaestre medio indio, Dick Peters, que al cabo de algunos días pudo descender a la estiba y salvar a Arthur, el cual, tras terribles sufrimientos, estaba a punto de morir de hambre y de sed en el ambiente mefítico de la bodega.
Poco después el contramaestre, simulando con ayuda de los dos muchachos una macabra aparición, se apodera con poca dificultad del mando del barco. Apenas terminada la batalla, una terrible tempestad barre y desencuaderna completamente el navío; Arthur y Peters logran salvarse atándose sólidamente al puente. Aplacado el huracán, ven aparecer una nave a la que saludan como salvadora; pero, al acercarse, descubren en el puente numerosos cadáveres en estado de avanzada descomposición, en los que se ceban las aves rapaces. Por fin, a punto ya de morir de hambre, los recoge el buque Jane Guy de Liverpool, que va en busca de unas islas del Mar Antártico con la idea de dirigirse después hacia el Polo Sur. Tras algunos días de navegación, desembarcan en la negra isla de Tsalal, donde los diabólicos salvajes fingen acogerlos amigablemente; pero luego, valiéndose de la singular estratificación de las colinas de la isla, los indígenas provocan, con una línea continua de hoyos y empalizadas a la profundidad de un par de pies, una rotura parcial del suelo, y a una señal dada, un alud artificial sepulta a todos los blancos en el fondo del valle. Arthur y Peters se salvan por casualidad y, tras no pocas dificultades y peligros, y después de haber presenciado desde lo alto la destrucción de la nave por los salvajes, logran embarcarse en una canoa y huir de la isla maldita.
Prosiguiendo hacia el Sur, llegan a los 84º de latitud. En cierto momento llueve sobre ellos una especie de ceniza; la barrera de nieblas comienza a dibujarse nítidamente con formas gigantescas y espantosas, y por fin se hallan frente a una figura enorme, mucho mayor que ningún ser humano, con la piel del color de la nieve más blanca.
Edgar Allan Poe nació en 1809 y falleció en 1849. Fue un escritor, poeta, crítico y periodista estadounidense, reconocido como uno de los maestros universales del relato corto, del que fue uno de los primeros practicantes en su país. Fue renovador de la novela gótica, recordado especialmente por sus cuentos de terror. Considerado el inventor del relato detectivesco, contribuyó asimismo con varias obras al género emergente de la ciencia ficción. Sus obras profundizaron en los rincones más oscuros de la mente humana, abriendo camino al terror moderno y al simbolismo. Edgar Allan Poe perdió a sus padres, actores de teatro itinerantes, cuando contaba apenas dos años. El pequeño Edgar fue educado por John Allan, un acaudalado hombre de negocios de Richmond, con el que vivió en Reino Unido hasta 1820. Después de regresar a Estados Unidos, Edgar Allan Poe siguió estudiando en centros privados y asistió a la Universidad de Virginia, pero en 1827 su afición al juego y a la bebida le acarreó la expulsión. Abandonó poco después el puesto de empleado que le había asignado su padre adoptivo, y viajó a Boston, donde publicó anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas en 1827.
Pero la genialidad y la originalidad de Edgar Allan Poe encuentran su mejor expresión en los cuentos o relatos cortos, que, según sus propias apreciaciones críticas, son la segunda forma literaria, pues permiten una lectura sin interrupciones, y por tanto la unidad de efecto que resulta imposible en la novela. Considerado uno de los más extraordinarios cuentistas de todos los tiempos, Poe inició la revitalización que experimentaría el género en tiempos modernos. Publicados bajo el título Cuentos de lo grotesco y lo arabesco en 1840, aunque hubo nuevas recopilaciones de narraciones suyas en 1843 y 1845, la mayoría se desarrolla en un ambiente gótico y siniestro, plagado de intervenciones sobrenaturales, y en muchos casos son obras maestras de la literatura de terror. Poe basó su estilo tanto en la atmósfera opresiva que creaba durante el inicio y desarrollo del relato como en los efectos sorpresivos del final.
En 1833, Poe obtuvo el premio del Baltimore Saturday Visiter por «Manuscrito hallado en una botella», distinción que lo conectó con editores influyentes. En 1843 ganó el premio de 100 dólares del Dollar Newspaper por «El escarabajo de oro», relato de enorme éxito en cuanto a público se refiere. Su proyección internacional se afianzó con las traducciones de Charles Baudelaire —Narraciones extraordinarias en 1856 y volúmenes subsiguientes— y con la versión de El cuervo, en 1875, de Stéphane Mallarmé, ilustrada por Édouard Manet, que consagró su aura simbólica en Francia. Ya en el siglo XX, su figura fue incorporada al Salón de la Fama de los Grandes Estadounidenses en 1910, gesto cívico de canonización.
Edgard Allan Poe murió el 7 de octubre de 1849, en la ciudad de Baltimore, cuando contaba apenas cuarenta años. La causa oficial de la muerte de Edgar Allan Poe fue registrada como «congestión cerebral» (o delirium tremens según su médico tratante), pero el verdadero motivo de su deceso sigue siendo un misterio porque nunca se le practicó una autopsia.
Otros relatos atormentados
Edgard Allan Poe, maestro del terror y fundador del género policial, también se le reconoce su papel de precursor en la literatura de ciencia ficción por algunos de sus relatos. El conjunto de su obra influyó notablemente en los simbolistas franceses, en especial en Charles Baudelaire, quien la dio a conocer en Europa. Renombrados escritores posteriores señalaron la herencia literaria de Poe tales como Arthur Conan Doyle en la novela detectivesca, Julio Verne en la ciencia ficción o H.P. Lovecraft en la literatura de terror, así como algunos representantes del cuento moderno, como Guy de Maupassant, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, quien tradujo magníficamente al español sus relatos. Y antes de terminar, mencionaremos otras obras en prosa del escritor estadounidense de alma atormentada:
El pozo y el péndulo, escrito en 1842, narra la angustiante historia de un prisionero ya agotado en una oscura celda en donde la inquisición española encierra a las personas que condena, y donde la tortura que esta aplica consiste en la soledad, el abandono, la oscuridad, el frío y el hambre.
El barril de amontillado, escrito en 1846, ubica el relato en plenos carnavales de alguna ciudad italiana del siglo XIX. Montresor busca a Fortunato con ánimo de vengarse de una pasada humillación. Al hallarlo ebrio, le resulta fácil convencerlo de que lo acompañe a su palazzo con el pretexto de darle a probar un nuevo vino. Lo conduce a las catacumbas de la casa, y allí consuma su venganza.
La carta robada, publicada en 1844, y la última de las tres historias protagonizadas por el detective Auguste Dupin, cuenta cómo el detective es contratado por la policía de París para recuperar una carta de carácter comprometedor robada a la reina por el astuto Ministro D. Aunque los agentes revisan minuciosamente la mansión del ministro sin éxito, Dupin deduce que la carta no está escondida en un compartimento secreto, sino a plena vista en un tarjetero sobre la chimenea. Utilizando su ingenio para adelantarse al pensamiento del ladrón, Dupin visita al ministro, recupera el documento de forma discreta y lo sustituye por una copia.
La caída de la casa Usher: Un relato lúgubre sobre la visita a un viejo amigo, Roderick Usher, cuya mansión y estado mental decaen de forma simétrica y terrorífica. Aparecida en Burton’s Gentleman’s Magazine, en 1839, concentra la poética de la sugestión mediante una equivalencia entre arquitectura y mente: la casa enferma y el linaje decadente como metáfora de la subjetividad límite.
El corazón delator, publicado por primera vez en el periódico literario The Pioneer en 1843, relata la historia de un narrador anónimo obsesionado con el ojo enfermo (que llama “ojo de buitre”) de un anciano con el cual convive. Finalmente decide asesinarlo. El crimen es planeado cuidadosamente y, tras ser perpetrado, el cadáver es despedazado y escondido bajo las tablas del suelo de la casa.
El faro es el título no oficial de la última obra escrita por Edgar Allan Poe. El autor falleció en octubre de 1849, dejándolo inacabado. La historia se cuenta como una serie de entradas de diario, correspondiendo la primera de ellas al Año Nuevo de 1796. El escenario se sitúa en algún lugar cerca de Escandinavia, posiblemente el Mar de Noruega.
Y a esta selección se unen otros títulos tales como El descenso al Maelström, Metzengerstein, Ligeia, El entierro prematuro, Eleonora, El Retrato oval, Berenice, La caja oblonga, El alce, Conversación con una momia, de entre los más de 60 relatos que Poe escribió a lo largo de su carrera literaria, además de poemas, ensayos y textos de crítica literaria.
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Fuentes consultadas
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